La artrosis de la base del pulgar, conocida como rizartrosis, es una de las consultas más frecuentes que atiendo en mi práctica diaria. Afecta especialmente a mujeres a partir de los 50 años, aunque también veo pacientes más jóvenes cuando existe predisposición o han realizado trabajos manuales intensos durante muchos años.
Esta articulación, llamada trapecio-metacarpiana, es fundamental para la función de la mano. Permite movimientos tan básicos como coger una botella, girar una llave o abrir un tarro. Por eso, cuando se desgasta, el impacto en la calidad de vida puede ser considerable.
¿Qué síntomas produce la rizartrosis?
El síntoma principal es el dolor en la base del pulgar, justo donde éste se une a la muñeca. Este dolor suele empeorar con actividades que requieren fuerza de pinza, como apretar o girar objetos.
Otros síntomas habituales incluyen:
- Pérdida de fuerza para tareas cotidianas
- Hinchazón en la base del pulgar
- Deformidad progresiva, con una prominencia cada vez más visible
- Limitación del movimiento del pulgar
- Crujidos o chasquidos al mover la articulación
En mi consulta veo con frecuencia pacientes que han convivido con estas molestias durante meses o incluso años, adaptando su vida diaria para evitar el dolor, antes de decidirse a buscar una solución definitiva.
¿Cómo se diagnostica?
El diagnóstico es fundamentalmente clínico. Durante la exploración física realizo maniobras específicas que reproducen el dolor característico y permiten valorar la movilidad y estabilidad de la articulación.
Las radiografías simples confirman el diagnóstico. En ellas podemos ver el estrechamiento del espacio articular, la presencia de osteofitos (picos de hueso) y, en casos avanzados, la subluxación o desplazamiento del primer metacarpiano.
Normalmente no son necesarias pruebas más complejas como resonancias magnéticas, salvo que existan dudas diagnósticas o sospechemos patología asociada.
Tratamiento conservador: primera línea de actuación
Siempre inicio el tratamiento con medidas conservadoras. Aquí el enfoque paso a paso:
Modificación de actividades: Identificar y evitar temporalmente las tareas que desencadenan el dolor es fundamental para permitir que la inflamación disminuya.
Ortesis o férulas: Las férulas de reposo nocturno y las ortesis funcionales para el día pueden proporcionar alivio significativo. Estas mantienen la articulación en posición correcta y limitan movimientos dolorosos.
Tratamiento médico: Los antiinflamatorios, analgésicos y, en algunos casos, la aplicación de cremas tópicas ayudan a controlar los síntomas. Es importante seguir las pautas médicas y no automedicarse de forma prolongada.
Infiltraciones: Cuando el tratamiento inicial no es suficiente, las infiltraciones con corticoides pueden ofrecer alivio durante varios meses. También existe experiencia con infiltraciones de ácido hialurónico, aunque los resultados son variables.
Fisioterapia y terapia ocupacional: Un programa supervisado puede mejorar la movilidad, fortalecer la musculatura periférica y enseñar técnicas de protección articular.
Tratamiento quirúrgico: cuando el conservador no basta
Si tras un periodo razonable de tratamiento conservador, generalmente varios meses, el dolor persiste y limita significativamente las actividades diarias, planteo la opción quirúrgica.
Existen varias técnicas, y la elección depende del grado de artrosis, la edad del paciente y sus demandas funcionales:
Trapeciectomía simple o con interposición: Consiste en extirpar el hueso trapecio (el que está desgastado) y, según los casos, interponer tejido blando (tendón) para mantener el espacio. Es la técnica que realizo con más frecuencia en casos avanzados.
Artroplastia de suspensión: Similar a la anterior, pero se añade una reconstrucción ligamentosa con tendón para estabilizar mejor la articulación.
Artrodesis: Fusionar la articulación elimina completamente el dolor, pero sacrifica la movilidad. La reservo para casos muy específicos, generalmente pacientes jóvenes con trabajos muy demandantes.
Prótesis: Aunque existen prótesis específicas para esta articulación, mi experiencia es que los resultados a largo plazo son menos predecibles que con las técnicas anteriores.
Recuperación tras la cirugía
La recuperación requiere paciencia. Tras la intervención, el pulgar permanece inmovilizado entre cuatro y seis semanas. Posteriormente se inicia fisioterapia progresiva.
La mayoría de los pacientes experimenta mejoría notable del dolor y recupera funcionalidad suficiente para las actividades cotidianas. El proceso completo suele llevar entre tres y seis meses.
En mi práctica utilizo herramientas como DriCloud para hacer seguimiento personalizado de cada caso y compartir con los pacientes las pautas de recuperación de forma clara.
¿Cuándo debes consultar?
Te recomiendo consultar si presentas dolor persistente en la base del pulgar que interfiere con actividades diarias, especialmente si has notado pérdida de fuerza o deformidad progresiva.
Un diagnóstico temprano permite iniciar tratamiento conservador en fases más favorables y, en muchos casos, evitar o retrasar la necesidad de cirugía.
Recuerda que este artículo tiene carácter divulgativo y no sustituye una valoración médica personalizada. Cada caso es único y requiere un plan de tratamiento adaptado a las circunstancias individuales de cada paciente.